
El BCE evalúa el impacto de la IA generativa en la productividad de la eurozona
El Banco Central Europeo ha puesto cifras al ritmo de adopción de la inteligencia artificial entre los trabajadores de la eurozona, y el salto es notable: según su Encuesta de Expectativas de los Consumidores, que sondea mensualmente a unas 20.000 personas en 11 países del área euro, el porcentaje de empleados que usa IA en su trabajo se ha duplicado en dos años, del 26% en 2024 al 52% en 2026.
El estudio, firmado por los economistas del BCE António Dias Da Silva, Laura Lebastard y David Sondermann, apunta que el usuario mediano ahorra unas tres horas semanales gracias a la IA, en torno al 7,7% de su tiempo de trabajo. Los propios autores advierten, no obstante, de que esa cifra no debe leerse como una medida directa del impacto sobre la productividad agregada de la economía: la distribución del ahorro de tiempo está muy sesgada, con la mayoría de los usuarios registrando ganancias moderadas y un grupo más reducido acumulando ahorros mucho mayores.
La adopción no es uniforme. Los trabajadores más jóvenes y con estudios superiores son los que más recurren a estas herramientas: el 61% de los empleados con formación avanzada las usa, frente al 37% entre quienes tienen niveles educativos más bajos.
A nivel de empresa, la encuesta SAFE del propio BCE sobre acceso a la financiación de las compañías del área euro añade otro dato relevante: las firmas que han adoptado la IA de forma significativa esperan subidas salariales medias del 3,7%, frente al 3,1% de las que no la han incorporado.
El trasfondo de estas cifras es la preocupación, expresada públicamente por el economista jefe del BCE, Philip Lane, sobre el retraso de Europa frente a Estados Unidos en la difusión de la IA y sus consecuencias para el crecimiento a largo plazo. Lane ha recordado que, entre 2008 y 2021, cerca del 30% de las startups europeas valoradas en más de 1.000 millones de dólares trasladaron su sede al extranjero, la mayoría a Estados Unidos, citando un mejor acceso al capital y una regulación más simple.
Para el BCE, la pregunta ya no es si la IA generativa va a dejar huella en la productividad de la eurozona, sino si Europa logrará capturar esas ganancias al mismo ritmo que sus competidores, o si la lentitud en la difusión tecnológica —más que la falta de invención— acabará restando una década de crecimiento potencial.